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Jorge Dager / Artista Plástico

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En el Huerto

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En el Huerto

Exposición Monográfica de Jorge Dager

 

A Jorge Dager le fascinan las frutas. Las representa gigantescas y esplendorosas en su Saludable aspecto. Parece, que les falta solo la fragancia. Su minuciosa descriptividad causó que algunos críticos hayan visto en ellas una expresión de hiperrealismo. Y probablemente, las primeras composiciones del joven pintor podrían sugerir este juicio.

 

Como lo explica el Diccionario de Arte, el nombre de Hiperrealismo corresponde al movimiento pictórico y escultórico, especialmente difundido en Gran Bretaña y los Estados Unidos a partir de finales de la década de 1960, en que los temas son representados con una exactitud de detalle minuciosa e impersonal. Superrealismo y Realismo fotográfico son denominaciones alternativas, y algunos artistas que practican este estilo (…) trabajan, de hecho, a partir de fotografías, tratando con igual agudeza y precisión de detalle todo el cuadro (excepto cuando se registran fielmente efectos desenfocados de la fotografía).

 

Las obras de Jorge Dager representan las bien organizadas agrupaciones de frutas tropicales, tratadas con un gran realismo; las mismas frutas que el artista conocía y apreciaba desde su niñez, pasada en gran parte en una finca familiar Guariqueña; pero también representan otras especies frutales, las menos conocidas, ya en extinción.

 

Estas robustas y apetitosas naranjas, lechosas, cocos, caimitos y semerucos, a veces vistos muy de cerca, o en un corte compositivo parcial, lo que exalta su aspecto desmesurado, son representados en su rica y sensual materialidad de texturas; podemos apreciar sus pieles lisas y brillantes, o al contrario, porosas y ligeramente manchadas; algunas frutas aparecen abiertas, para permitir a una mirada curiosa penetrar sus gelatinosas partes internas, generosamente bañadas por la luz del trópico. Indudablemente, estas imágenes son realistas.

 

Pero ya las primeras composiciones de Dager, tímidas todavía, si se les compara con las posteriores, magnifican a estas frutas, prestándoles una gran vitalidad dinámica, unida a una voluminosa sensualidad; rasgos que no pueden caracterizar a una descripción objetivista impersonal, la que corresponde al hiperrealismo.

 

Además, con el tiempo, a nuestro pintor ya no le resulta suficiente representar la imagen magnificada de sus frutas, como lo hizo en sus primeras obras. Al lograr un mejor dominio del pincel y la mayor consciencia de sus mismos deseos, pretende ahora: hacerlas prisioneras, pero de tal manera, que se podría verlas.

 

En este intento, primero las encierra en los cajones de madera, que a través de sus amplias aperturas permiten ver su inmovilizado y vulnerable contenido. Y un poco mas tarde; se le ocurre envolver a las frutas en un plástico transparente; pero esto tampoco le satisface, y últimamente ya las coloca en las jarras y en los potes de vidrio; que las separa con su transparencia distorsionante del contacto inmediato con nuestra mirada.

 

Así las siento más mías – dice, riéndose el pintor; puedo verlas, tocarlas con mi pincel, presionarlas, y sé que están aquí tranquilas y seguras.

 

Todos estos envoltorios no fueron planificados de antemano. Simplemente, una idea conduce espontáneamente a la otra: el mismo Dager no sabe todavía, cual será su próximo planteamiento. Es algo que se me ocurre por impulso, sin razonamientos premeditados, explica, y la realización de esta repentina necesidad interna me tranquiliza. Así siento que esas frutas ya no pueden desaparecer, que nadie me las va a quitar.

 

Yo las veo como a unas debilidades, confiesa en voz baja; para mí, ellas representan un gran poder creativo; nos alimentan, convirtiéndose en nuestra propia carne, haciéndonos vivir y crecer. Es un proceso maravilloso. A la vez, ¡son tan sanas, tan bellas y fuertes! Me parece, que ellas sintetizan la riqueza de todo el mundo natural.

 

Esta confesión nos demuestra, sorpresivamente, a Jorge Dager como continuador tardío de algunas ideas del Romanticismo, siempre vivas todavía, según varios autores contemporáneos. Según Robert Rosenblum, por ejemplo, (…) hay infinidad de ejemplos en que los nuevos conceptos, emociones y estructuras del arte romántico han penetrado de manera bastante inconsciente en el repertorio de incontables artistas del siglo XX.

 

En su comentario sobre los elementos románticos en la obra de Paul Klee, Rosenblum afirma que: acaso la más intensa revelación de estos misterios se dará en el mundo de las plantas, árboles y flores, que brindaba, como a tantos románticos, metáforas de los secretos de la vida. Por ejemplo, una de sus ideas pictóricas es “un manzano en flor, sus raíces, la savia ascendente, sus semillas, la sección transversal de su tronco con sus anillos anuales, sus funciones sexuales, el fruto, el corazón de sus simientes”. Es una descripción que, con su combinación de exactitud botánica y sentido de lo milagroso del crecimiento orgánico, corresponde a una recurrente actitud romántica que puede rastrearse desde Runge y Palmer a través de van Gogh, Nolde y, como veremos, incluso Mondrian.

 

Adolf Grimme define al romanticismo como el abrirse paso a través de lo que el denomina “los extractos vegetativos del alma”; el preconsciente, antes que el subconsciente. El preconsciente incluye a la imaginación.

 

Fritz Strich, analizando en el campo de la literatura romántica la idea de la permanencia eterna, siempre deseada por el hombre, indica que ella existe en la perfección y también en la infinitud. La perfección anhela la quietud. La infinitud – el movimiento y el cambio. La perfección es cerrada, la infinitud – abierta. La perfección es clara, lo infinito – tenebroso. La perfección persigue la imagen, infinitud – el símbolo.

 

Creo que en cierta medida, ambos elementos existen y se complementan en la obra de Dager. Sus frutas, inmovilizadas en el tiempo y en el espacio, expresan c

on su quietud perfecta una realidad natural ya convertida en una hierofanía, en lo Sagrado; a la vez, esta misma quietud, lograda a través de todos los medios imaginativos accesibles al pintor, siempre cambiantes y emotivos, es su respuesta simbólica a la parte insegura y desafiante de la realidad que nos rodea.

 

Dager no quiere aceptar la idea de la supuesta muerte del arte, pronunciada por muchos pensadores contemporáneos. Tampoco le agradan los pronósticos desafiantes sobre el vacío ideológico que se esta abriendo frente a nosotros, como un precipicio sin fondo. Afirma, que el mismo, como muchos otros representantes de su generación, no pueden todavía definir sus metas, pero creen, que sus búsquedas pluralistas e inquietas si tienen sentido, y que en algún momento, quizás no tan lejano, todo se les va a precisar. La vida sigue adelante, dice con optimismo.

 

La consciencia individual de la artista siempre forma parte de una consciencia social más amplia. Una breve revisión de las tendencias del momento nos permite ver, que en todas partes de la América Latina nacieron diversas corrientes artísticas que buscan significaciones subjetivas más profundas detrás de las formas, desligándose de la política y de las tradiciones vanguardistas.

 

Varios autores subrayan el regreso triunfal de la pintura de caballete. Mariana Figarella escribe al respecto: Muchos de los jóvenes que se inician como dibujantes, se abrirán paso a la pintura. Una de las características más resaltantes de la década será la vuelta a ese medio. Este regreso no es gratuito y, aunque a la larga repercutirá favorablemente en el medio plástico venezolano, en sus inicios se evidencia como fenómeno mimético, en relación a lo que está pasando en los grandes centros de arte internacional.

 

Milán Ivelic y Gaspar Galaz también reflexionan sobre la revaluación general del acto de pintar, que se siente en Chile desde los finales de la década de los años 1970. A la vez, observan que la generación joven: optó por replegarse en la interioridad del yo, tomando distancia de las generaciones anteriores. Fue como empezar todo de nuevo, valorando el carácter poético de la creación artística y revalidando la reposición del artista como pintor.

 

Carolina Ponce de León comenta la difícil situación general en Colombia, caracterizada por el narcotráfico y la violencia, y acompañada por la debilidad del Estado; situación que, según sus criterios, contribuyó a la politización general de las propuestas del arte. En este contexto: Los pintores parecen responder a esta realidad desde su estado de consciencia más interior, activando una especie de neo romanticismo, característico de los fines del siglo. Ante elvacío producido por la crisis de otras disciplinas de interpretación, o de comprensión de la realidad, se recurre a la interiorización, la intuición y al imaginario subjetivo.

 

Gerardo Mosquera observa en el arte cubano un creciente interés por los problemas más generales del hombre, por su desenvolvimiento en el universo: Hay una verdadera inquietud filosófica, no importa cuál sea el tema tratado, ni el lenguaje que se use. La visión final de estos problemas es afirmativa, más allá del interés por expresar las contradicciones. Nada hay de nihilismo, ni alineación. A la vez, comenta que en más de una ocasión, críticos y artistas de izquierda de otros países se han sorprendido al descubrir que el arte cubano actual no muestra la dirección política, o social directa que ellos esperaban.

 

Luis Carlos Emerich observa en México rotos los límites entre realidad y fantasía, como también la vorágine conceptual subyacente hasta en los objetos más inofensivos, y el nuevo discurso (…) descontaminado de mandamientos cívicos o religiosos; que sin embargo, no es anárquico.

 

Ticio Escobar comenta el refinado realismo mágico de algunos artistas en Paraguay, que es regido por inconsciente, el desvarío y el sueño que anuncia, desde el fondo del absurdo, la reacción reflexiva que habrá de advenir después.

 

El mismo tono se repite en otros comentarios, y en este contexto la obra de Jorge Dager se ubica armoniosamente. Representa las reflexiones subjetivas con un toque romántico. A la vez, su visión del mundo es sana y esperanzada. En la presencia elocuente de sus objetos mágicos, que nos sorprenden con la amplitud imaginativa del artista, y apoyándonos en el material de la entrevista realizada con él, podemos concluir nuestras observaciones afirmando que el realismo de Dager se ubica muy lejos de la pasividad descriptiva. Más bien, es un realismo simbólico, que expresa un encuentro entre el mundo de los objetos y un sujeto sensible, poseedor de una mentalidad poética, el cual pretende un acercamiento más profundo a la realidad a través de la intuición; este encuentro, quizás es necesario, para relacionar de nuevo lo real y lo abstracto, y lograr un nuevo equilibrio, perdido en la etapa histórica recientemente superada. Pues, la experiencia poética es una de las formas de conocimiento, probablemente la más apta para recuperar la unidad cósmica, concebida como un continuo de la materia y del espíritu.

 

Anna Gradowska / Curador


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