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Jorge Dager / Artista Plástico

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Tropos y Trópicos

troposTropos y Trópicos

Exposición Individual Jorge Dager

 

Ítaca te ha dado el bello viaje.

Sin ella no hubieras emprendido el camino.

No tiene otra cosa que darte ya.

(Fragmento del poema Ítaca, C. P. Cavafis)

 

Un acercamiento a la obra de Jorge Dáger nos remite a lo originario del hombre y su entorno: la Naturaleza. En varias entrevistas el artista ha definido su trabajo: –Como me gusta la realidad, pinto la realidad–. Su pintura está empapada de realismo y, sobre todo, de ancha y generosa terredad, de obsequiosa pulpa frutal que remueve los sentidos y las emociones de una manera plena y total.

 

Ya en la primera individual de Jorge Dáger, Natura Morta: Hiper-realización del objeto, en 1994, la crítico de arte Milagros Bello hablaba de una refundación del concepto de la naturaleza muerta con un reenfoque del objeto pictórico. Desde entonces el artista ha insistido en el género, evolucionando con sentido crítico, rigor y exigencia personal, confiesa: –Cuando sienta que mis cuadros están perfectos es porque estoy estancado, y eso me asusta–.

 

Vayamos atrás, a los orígenes de las artes, para comprender nuestra lectura e interpretación de los bodegones de Jorge Dáger:

 

Anteriores y próximas al estilo de la escuela impresionista moderna, han encontrado estudiosos del arte ciertas decoraciones murales pompeyanas que, representan plantas, frutos y enseres de mesa, con la delicada gracia y fantasía del dibujo y los contrastes de colores y luces.

 

Los objetos figuraban en la pintura medioeval porque tenían un sentido. En las vanitas o vanidades los objetos representados eran símbolos de lo breve y finito de la vida: un recordatorio y una advertencia acerca de la relatividad del conocimiento, la ciencia, la riqueza, el goce de los placeres y de la belleza. La fruta pasada, era la decadencia; las burbujas, la brevedad de la vida y, los instrumentos musicales, la naturaleza efímera de la existencia. En el arte europeo, estos bodegones moralizantes se hicieron inseparables de la devoción de católicos y protestantes.

 

Pero lo moralizante desapareció en este género, valorado como de repertorio menor o de cámara en la pintura, y fue quedando al descubierto su eminentemente interés plástico. Habían cultivado el bodegón precursores como Zulbarán, Caravaggio y otros, siendo Cézanne el que dio a flores y a mesas con frutas, propuesta sin precedentes de donde derivó el cubismo que siguieron Gris, Picasso,… Dalí por su cuenta y riesgo, aportó al género su delirante lirismo surrealista. Otros artistas como Antonio López han dado un nuevo aire al ultrarrealismo dentro de la tradición europea.

 

Maestros de la pintura venezolana en la soledad del taller se han encontrado con el bodegón. Marcos Castillo aprendió de Federico Brandt los secretos y las vigilias del mismo. “Yo me dediqué a la naturaleza muerta sencillamente por la disciplina, por frenar, vamos a decir, mis ímpetus. La naturaleza muerta te obliga a dibujar, a buscar la forma, a buscar el color local…”. (Carlos Silva. Marcos Castillo. Ernesto Armitano Editor, 1992).

 

Dentro de la tradición donde están Poleo, Fabbiani y tantos otros, Jorge Dáger es un último eslabón de la cadena. En su arte hay un cierto verismo que parte en lo formal del modo hiperrealista. El artista selecciona y compone con objetos reales, fotografía, recompone, asume nuevas experiencias y búsquedas con énfasis en el detalle, y en tal empeño mira, observa, dibuja y pinta.

 

A Jorge Dáger pareciera sencillo darle un sitio dentro de las tendencias artísticas del siglo XX, de clasificarle y de ponerle etiqueta: como hiperrealismo, realismo radical o realismo fotográfico. Los orígenes y principios de esta corriente, el hiperrealismo, proponen “una versión minuciosa y detallada de las imágenes” de objetos masivos de consumo diario, de lo pagano y de la desacralizada vida norteamericana.

 

Por el contrario, en la obra de Dáger hay algo mucho más decidor y entrañable porque en sus telas está fijada la memoria rural y semi-rural de nuestras poblaciones, están los sabores y los olores que nos atan a esta tierra fecunda y hermosa, a su vez difícil y complicada. La pintura de Dáger a su manera tiene un tono poético afectivo y emocional, toca claves visuales y sensaciones kinestésicas identificadas por la neurolingüística.

 

En el arte de Jorge Dáger hay un afán de perpetuar instantes de la realidad natural. La historia se detiene, el paso del tiempo ha sido postergado. Pone la fruta en el tope de la plenitud y le confiere presencia con atributos de sacralidad cósmica o hierofanía. En un momento de su producción artística aparecen los contenedores como guacales, envoltorios plásticos, frascos de vidrio, cordeles… que asen los objetos con anhelo de permanencia. Y Dáger los resguarda como en un confesionario para que continúen hablando.

 

El compositor popular sucrense Luis Mariano Rivera cantó al mango como “muy nuestro”, ese mango que crece espontáneamente en la zona intertropical americana, vino de la India, los portugueses lo llevaron al Brasil y navegado llegó a Venezuela a través de Trinidad… Ese fruto, Jorge Dáger lo celebra, celebra el mango que la muchachada derriba del árbol, recoge del camino para devorarlo con fruición espontánea, en cualquier hora de solaz. Celebra así mismo la feria de colores, luces, texturas frutales, aromas y sabores de América como parchitas, limones, naranjas, lechozas, peras, ciruelas, caimitos,… cada uno de estos frutos, “sus frutos” tienen algo que contar.

 

Encuentro en la propuesta de Dáger una cierta parentela espiritual con la de algunos creadores del Arte Iberoamericano porque tiene un registro físico visual de lo mestizo y de lo criollo. Como en la pintora Ana Mercedes Hoyos, en una etapa de su producción artística, realiza coloridos bodegones a partir de platones de fruto fresco, telas que profundizan la negritud femenina de la costa de Cartagena.

 

Jorge Dáger capta y captura en sus bodegones una “hiper visualidad directa y fundamental” como escribió Milagros Bello. Su pintura a base de ángulos forzados, close-up o enfoques macro, está resuelta a base de luces y de sombras tajantes con sugerentes y enfáticos signos de puntuación. Él capta y captura sus conceptos, confiriendo otro sentido a lo literal visual en el formato engrandecido. Los bodegones de Dáger son tropos del trópico, metáforas visuales del equinoccio, sus presencias festivas y celebratorias son una morada. Pueden ser a la vez una llamada y una alerta que invita a preservar el legado ambiental y cultural que es nuestro.

 

Carlos Maldonado-Bourgoin

Asociación Internacional de Críticos de Arte

AICA, Capítulo Venezuela


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